miércoles, 18 de enero de 2017

[Sigo al bate]
"No creo que los cubanos tengan
por qué condenar a Fidel Castro"

Una entrevista de José Durán Rodríguez en Diagonal (Madrid), 15 de enero, 2017.

Pocas voces tan autorizadas para retratar a Fidel Castro como la del escritor Norberto Fuentes. Su trayectoria –línea directa con la jerarquía de la revolución cubana durante años; exilio en Miami desde 1994– y una obra inmensa –La autobiografía de Fidel Castro– avalan una mirada propia e imprescindible sobre las últimas seis décadas en Cuba.


El siglo XX terminó a las 22:29 del 25 de noviembre de 2016. Ese día y a esa hora fallecía en La Habana (Cuba) Fidel Castro. La sentencia fue utilizada hasta la saciedad en análisis y titulares durante las semanas posteriores, pero eso no le resta potencia ni veracidad.

En efecto, el historiador Eric Hobsbawm erró: el corto siglo XX que acuñase –iniciado con la I Guerra Mundial– no se cerró cuando la Unión Soviética se desintegró en 1991 sino que lo ha hecho 25 años después, con la desaparición física del comandante en jefe de la revolución cubana, el proceso político más duradero durante ese periodo y uno de los más relevantes para tratar de explicarlo.

En un hábil movimiento, la editorial barcelonesa Stella Maris volvió a poner en las librerías el 13 de diciembre La autobiografía de Fidel Castro, tras haberlo recuperado en 2015. Publicado originalmente en 2004 por Destino en dos tomos, esta nueva edición resume en un volumen de más de 600 páginas la obra del escritor cubano Norberto Fuentes (La Habana, 1943).

El libro, digámoslo ya, es extraordinario, un ejercicio único de recreación histórica novelada de la vida de Castro en la que el narrrador se identifica como el propio Castro. Uno de los personajes políticos más importantes del siglo XX rememorando su vida en primera persona.

Fuentes mantuvo un estrecho contacto durante los años 80 con los hermanos Castro. De ahí tomó la materia prima –al alcance de muy poca gente– con la que dio forma a esta obra. Su relación se fue enfriando por diferencias políticas y alcanzó un punto de no retorno con la ejecución del coronel Antonio de la Guardia, amigo íntimo del escritor, condenado en 1989 a la pena de muerte por narcotráfico, junto al general Arnaldo Ochoa y otros oficiales del ministerio de Interior. En 1993, Fuentes intentó abandonar Cuba. Tras ser detenido, la mediación del Premio Nobel Gabriel García Márquez le permitió salir del país un año después y establecerse en Miami (Estados Unidos), desde donde atiende a la llamada telefónica de Diagonal.

¿Dirías que el libro podría pasar por la autobiografía real de Fidel Castro?

Yo lo asumo como una autobiografía real. Como toda la literatura, incluidos los libros históricos, es la voluntad del autor la que lo determina. Incluso si Fidel Castro lo hubiera escrito, iba a poner elementos de su voluntad, de su decisión, de su imaginación, iba a ocultar cosas... Yo no he ocultado nada, ésa es la diferencia, tengo la total responsabilidad o irresponsabilidad de poner todo lo que me da la gana de todo lo que conozco. Él se hubiera cuidado en algunos aspectos.

A veces sí parece una obra escrita por Fidel Castro, otras no.

En la primera edición española apareció como ensayo. En Estados Unidos fue donde lo catalogaron como novela. Me guié por dos libros, asumidos como ensayo, que son capitales: la autobiografía de Gertrude Stein, a través de su amante, Alice B. Toklas, y Dutch. A memoir of Ronald Reagan, de Edmund Morris, que introduce personajes de ficción.

Los libros de historia están plagados de la decisión del autor. Cuando escoges los hechos, estás haciendo ficción. Yo lo hice como ensayo, como un libro veraz, sólo que asumí un punto de vista quizá audaz: ponerme en la mente de Fidel para explicar los porqués. Esos porqués estaban revelados en la vida real en conversaciones íntimas, en cosas de sus círculos más cercanos, de su hermano Raúl, a los que tuve acceso durante muchos años. Hacer otra cosa hubiera sido hacer lo mismo de siempre, un libro de chismes.

¿Cuáles eran los objetivos cuando lo escribiste?

No eran objetivos políticos, siempre son objetivos literarios: hacer un libro válido, genuino. Reflejar una historia. Después yo creo que terminó siendo la novela de la revolución cubana. No fue algo que me hubiera propuesto de inicio pero es lo que terminó siendo. No existe un libro como ése sobre la revolución.

¿Quedaste satisfecho?

Después de terminar un mamotreto de 3.000 páginas, si no quedas satisfecho, quedas exhausto, no quiero más (risas). Hay veces que encuentro cosas en el libro y digo "coño, esto lo escribí yo".

Fue Fidel Castro, ¿no?

Sí, es verdad. Hay quien dijo, algún hijoputa –lo digo humorísticamente o en serio, no importa (risas)–, que Fidel no era tan culto como yo. No es verdad. Fidel es un hombre cultísimo y un intelectual muy serio, lee mucho, mucho... O leía. Donde está ahora no puede leer.

¿Hay alguna relación entre tu libro y la película Comandante de Oliver Stone?

Hay mucho material sobre Cuba, se está saturando el mercado, especialmente desde el restablecimiento de relaciones con Estados Unidos hace un año y pico. La película de Oliver Stone es deliberadamente política a favor de Fidel Castro, no digo que eso sea malo sino que en ese momento del proceso había mucha propaganda muy mala contra Fidel. Hay un documental de 1968 de Saúl Landau que es formidable. El mejor libro que he leído sobre Fidel Castro es Huracán sobre el azúcar de Jean Paul Sartre, un libro capital para entender la revolución cubana.

Te preguntaba por la película de Stone porque en ella, de alguna manera al igual que en tu libro, se puede escuchar directamente a Fidel Castro, dando su versión en primera persona. Eso en Cuba era lo habitual pero fuera de allí no tanto: todo llegaba muy mediado.

Ésa es la fortuna de tener una cámara y una grabadora... y de ser americano (risas). Fíjate, ésa es tu percepción como lector o espectador español. En realidad los cubanos, si algo tenemos, es que hemos escuchado a Fidel constantemente, es una voz que nos estuvo acompañando continuamente.

¿Sabes si Fidel Castro leyó el libro?

Sí, cómo no. Lo leyó y en las reflexiones que publicó en los últimos años a veces me respondía cosas. Amablemente o por precisar cuestiones históricas. No decía: "Norberto...", pero sí corregía en sus reflexiones algunas cosas que yo había escrito en el libro. También tengo unas cuartillas anotadas por él con correcciones a mi libro Hemingway en Cuba, por ejemplo que él dirigía un "pelotón" y no una "escuadra" en el asalto a Cayo Confites de varios revolucionarios para tratar de derrocar a Trujillo en 1947. Era muy detallista. Lo hacía sobre todo para demostrarte que él se había leído acuciosamente determinado texto. A García Márquez también le hacía cosas así.

¿Te importaba su opinión sobre este libro?

Me importaba en un sentido gracioso, era algo que él no podía evitar. A él le preocupaba más que a mí, llamaba constantemente a la editorial Destino para preguntar cuándo se iba a publicar, para preparar su respuesta, que era un libro con Ignacio Ramonet. Y lo sacaron una semana antes, finalmente.

En Cuba él me leía. Mi primer libro, Condenados de Condado, de 1968, causó un gran problema en Cuba y a él lo encabronó enormemente. Es un libro bastante babeliano, a la Isaac Bábel, en el que los soldados revolucionarios no son precisamente angelitos, un libro muy humano pero a él no le gustó nada porque decía que afectaba a la imagen del ejército rebelde. Está considerado el primer libro disidente de la revolución cubana. Eso me costó años de ostracismo, de problemas en Cuba. Después, por decirlo rápidamente, hicimos las paces. Las hizo él, sobre todo a través de García Márquez, y simpatizó conmigo. Yo siempre había simpatizado con él, siempre pensé que era un tipo formidable, el único que podía dirigir la revolución cubana y que lo estaba haciendo muy bien, además.

Cuando se superó esto, él me leía y hablaba de mí en el Buró Político del Partido Comunista de Cuba y le decía a Carlos Aldana [hasta 1992, ideólogo del PCC y responsable de Relaciones Internacionales del partido]: "Lo leo y me doy cuenta de que Norberto Fuentes es un revolucionario".

Eso es un cuchillo de doble filo porque cuando eres un revolucionario libre, como fui yo siempre, te pone en una igualdad que a los dirigentes no les gusta ni les conviene. Que tú seas revolucionario, compartas una ideología, incluso que acates su liderazgo no quiere decir que estés de acuerdo con él y que no le puedas responder o acabar convirtiéndote en un problema, que fue lo que finalmente ocurrió.

En el libro destacas cómo Fidel Castro justificaba sus actos en lo que pasaba en el exterior.

Sí, eso ha sido siempre el background contra el que operaba. Sartre dijo desde muy temprano que la revolución cubana era una revolución de contragolpe, que avanzaba a contragolpe con el enemigo y que si éste no le golpeaba en algún momento, la revolución cubana tenía que inventar el golpe.

Pero los intentos de asesinato de Castro y el embargo existen, no son inventos.

Absolutamente. Los americanos son muy malos en política exterior y ellos le sirvieron la mesa siempre, como él quería. Son facilitos de provocar. Les cogió el número de la baraja. Los toreaba, hizo lo que él quiso. Los peligros fueron reales, claro, y él sabía cuándo agazaparse. Hay un lema que se utilizaba mucho en Cuba, "jueguen con la cadena pero no con el mono", y eso se aplicaba. Quién les iba a decir a los americanos en 1959 que a 90 millas de Miami iba a haber una revolución comunista, eso era imposible. Ningún presidente americano lo sobrevivió.

¿Fidel Castro es el personaje más importante para entender el siglo XX?

Es el más atractivo, al menos. Ayer estaba viendo una película sobre Churchill, de Netflix o HBO, bien hechecita... Aquí todo el mundo dice que Churchill es el político más importante del siglo XX. Puede que lo sea pero es que la obra de Fidel Castro es una obra en la abstracción, de la imaginación. No sé cómo se medirá en la historia, qué dejó materialmente, cómo valorar la supervivencia y las proezas de la revolución cubana –lo fueron, después le ponemos el ingrediente moral, el beneficio o el maleficio...

De ser una islita de mierda, perdida en el Caribe, a estar a punto de volar el mundo en una conflagración nuclear en cuestión de dos años; meter medio millón de hombres en el cono sur africano, en países que la gente no sabía que existían como Angola; la alfabetización y la salud pública cubanas, lo que había antes en Cuba eran los chiquitos con la barriga reventada de lombrices...

Los universitarios, tú. Ahí todo el mundo está graduado en la universidad, las putas son universitarias, las jineteras,... Hay una peliculita cubana formidable, Utopía, sobre cuatro cubanos delincuentes, lumpen, jugando al dominó. Y de pronto empiezan a discutir sobre El Greco, que es lo que han dado en las clases de la universidad. Terminan a puñaladas, porque son delincuentes, pero discutían sobre El Greco (risas).

¿Absolverá la historia a Fidel Castro?

A él le importa un carajo. Eso son palabras. Allí en España le hicieron esa misma pregunta cuando fue a Galicia a ver a Fraga y él respondió que en qué momento de la historia, dentro de cien años o de quinientos o mil, ¿te das cuenta?

La revolución cubana nunca fue una revolución de estrategia, porque eso determina un camino y si lo vas a seguir, hay un paso obligado y te van a emboscar y a liquidar. Y él es un guerrillero viejo, muy experimentado, para caer en esa trampita de la estrategia. Las estrategias son siempre una trampa. Él vivía al día, era un tipo eminentemente táctico. Preguntarle por la historia a un genio de lo táctico como él... Eso fue una frase de propaganda que dijo en un momento determinado.

¿Y los cubanos lo absolverán?

No creo que tengan por qué condenarlo. Ahora te voy a hacer casi la misma pregunta: qué cubanos y cuándo. ¿Los de la película Utopía, los educados, los médicos, los que están en Miami? En Cuba había un cartelito en las puertas que decía 'Gracias, Fidel'. Ese cartelito lo pueden poner los cubanos que viven en Miami, tienen casa, dinero, automóvil, viven en el primer mundo, si no estarían en Cuba, viviendo en un país subdesarrollado y sin ninguna perspectiva... Hasta la contrarrevolución se benefició de Fidel, ¿no?

¿Qué puede pasar en Cuba ya sin Fidel Castro?

Es algo interesante... Anota bien esto, que es lo más interesante que te voy a decir. Estados Unidos se ha convertido en un aliado o adversario, todo depende, muy inestable. Ahora se abre un periodo aquí muy inestable y eso es algo que en Cuba les sorprendió porque EE UU siempre fue un adversario muy estable, sabías lo que podías esperar de ellos, sobre todo con Fidel. Raúl ha hecho alianzas con los americanos y parece que pueden estar intentándolo también con Trump. Me parece que ahora están a la expectativa.

Como hablábamos antes, la revolución cubana siempre se movió a contragolpe de los americanos, no a favor ni en contra de los soviéticos sino a contragolpe de los americanos. Ahora EE UU está muy inestable, el aliado –elusivo pero aliado– Putin está muy enredado en todo esto también y los cubanos están esperando, calladitos y con las tropas acuarteladas.

Tuviste un intercambio de opiniones desagradable en el programa Herrera en Cope tras la muerte de Fidel Castro, ¿te sentiste utilizado?

No, pienso que lo que pasó fue un empleo del lugar común. Me preguntaron "usted qué piensa de la tiranía sangrienta de Fidel Castro". ¿Qué tiranía sangrienta? Si formulas así la pregunta, me estás obligando a una respuesta que yo no tengo. No es una conversación inteligente, no es serio. Vamos a elevar la conversación a qué es lo que se entiende por libertad, por ejemplo.

Luego estaba este hombre, que después me enteré de que era delegado en la ONU del gobierno de Aznar y votó por la guerra de Iraq, que me llamó chovinista [se refiere a Inocencio Arias]. Yo estaba dando mi opinión y me insulta, me acusa de defender a Fidel Castro cuando yo no puedo viajar a Cuba y él, según dijo, se pasa la vida allí. A qué estamos jugando. Pero te digo que Carlos Herrera es mi amigo y se dio cuenta de lo que venía y dijo "vamos a dejarlo dormir". Yo me divertí, al final.

Escuche aquí la entrevista en el programa de Carlos Herrera de la cadena COPE del lunes 28 de noviembre de 2016.

sábado, 14 de enero de 2017

“Fidel empujó al Che a salir de Cuba con la esperanza secreta de que lo mataran”


Entrevista de Sergio P. Páramo en El Captor (http://www.elcaptor.com/), 13 de enero, 2017

Norberto Fuentes, escritor, periodista y observador de la Revolución Cubana durante décadas, no se considera un contrarrevolucionario, aunque actualmente reside en Miami, el refugio habitual de la disidencia cubana. Desde allí nos concede una entrevista con ocasión de la reciente reedición de una de sus obras más relevantes, La autobiografía de Fidel Castro, de la editorial Stella Maris. Durante la conversación nos confiesa dos secretos: uno, que de no haber permanecido en Cuba hasta entrados los años 90 su destino actual más probable sería el de un vendedor retirado de Toyota. Dos, que su decisión de sumarse a la Revolución le dotó de un universo que de otra manera jamás hubiera sospechado ni soñado.

La autobiografía de Fidel es un relato ambivalente acerca del proceso revolucionario en Cuba. ¿Hasta qué punto considera que este proceso hubiera sido posible sin ese Fidel luchador, salvaje y hasta conspirador que se descubre en el libro?

Sin Fidel hubiese sido imposible. La Revolución Cubana es Fidel Castro y Fidel Castro es la Revolución Cubana. Dicho esto, me gusta comparar la revolución con un fenómeno meteorológico: el huracán. Empieza con un viento y una serie de corrientes que le hace ser cada vez más intenso a pesar de que no tiene un destino inicial, es decir, es impredecible saber hacia dónde va, no tiene un objetivo final, es una formación que se crea y empieza a avanzar hasta que se deshace en el tiempo y en el espacio. Casi siempre las revoluciones son estallidos que se producen en determinadas regiones o países, pequeños actos que se crean y se acumulan, consiguiendo generar las condiciones que la propician y que solo encuentran la solución en ella misma.

Un pasaje del libro describe la magnitud del poder de persuasión de Fidel en una escena en la que emplea 25 horas para convencer a un guerrillero campesino de que sea fusilado, pues estaba dañando la reputación de la Revolución y poniéndola en peligro. ¿Tal era la influencia de Fidel?

En las revoluciones comunistas lo primero que te piden es la vida. Hay que estar por la revolución hasta la última gota de tu sangre. Un día te la piden y tú la das. Por eso un día estás en el pelotón y otro enfrente del mismo. En el caso que describes el campesino había delinquido y, por supuesto, en la ley de la Sierra, para mantener la homogeneidad del grupo había que establecer normas muy rigurosas, porque si no se te desbandaba el núcleo de la revolución. Y eso se aplicaba con rigor. En esa historia, real, y que se relata con detalle en el libro, Fidel necesitaba que el campesino aceptara su destino, que entendiera que era culpable, en pos de la revolución, y porque eso iba a ayudar a la unidad de un grupo guerrillero todavía pequeño. Y en una guerra la muerte es una primera condición. Una vez, en un discurso muy olvidado, Fidel dijo que la revolución es una guerra que cambia de formas. Cuando tú vas a la guerra, en cualquier bando, lo primero que va a pasar es que te van a matar, si cometes un acto de traición, te van a matar, si… sea lo que sea, te van a matar. Eso es norma, no solamente potestad de la Revolución Cubana. Lo que diferencia y lo que yo hago resaltar es que quienes habían pasado por ese proceso numerosas veces estando en el otro lado, a ellos, de alguna manera, la revolución les daba la oportunidad de aceptarlo. En Estados Unidos cuando vas a un juicio, el fiscal puede convencerte o no de que te declares culpable y aunque lo hagas es casi seguro que te condenarán a muerte también. No obstante, lo que caracterizó a este tipo situaciones en la revolución de Cuba es que estos casos se emplearon como bandera para que los demás no cometieran el mismo error. Fue lo que pasó con el campesino, o con Ochoa o con la tropa de mártires y voluntarios ejecutados, o como los esposos Rosenberg (para salirnos de las fronteras cubanas), quienes convirtieron su muerte y suplicio en un acto de propaganda a favor del comunismo. Fidel pensaba que si se les iba a fusilar de todas formas, mejor que sus muertes no fueran inútiles y que contribuyesen a la causa. Es el caso relatado. Se hartó por cansancio. La escena es dura. A mí me impresionó mucho.

Fidel concluyó en los inicios de la Revolución que nunca se debe dejar al enemigo huérfano de liderazgo y tras el análisis de algunos de sus muchachos puntualmente caracterizados por actos de indisciplina creó, cultivó y fomentó su propia red de adversarios.

Eso fue genial porque él encabeza una contrarrevolución que ni siquiera sabía que iba a existir.

¿Fue esto una peculiaridad exclusiva del carácter estratégico de Fidel o constituye una regla común en la mayoría de los Estados actuales, crear a tu propio enemigo?

Eso no es nuevo, desde un punto de vista filosófico. Jean Paul Sartre ya se lo dijo a Fidel en el 59 y lo escribió en sus maravillosos reportajes. La cubana fue una revolución que avanzaba a contragolpe del enemigo. Y cuando no hubiera golpe, había que inventarlo. Fidel no instiga una contrarrevolución. Fidel la dota de sus jefes, en la mayoría de los casos, para controlarla. En las sociedades occidentales la figura se llama cínicamente “testigo de cargo”. En Cuba sabían que se avecinaría una contrarrevolución apoyada por los Estados Unidos, el país más poderoso del mundo. Entonces Fidel se prepara para eso y para controlar a la contrarrevolución en Cuba y en Miami, porque muchos de los que fueron a Miami eran hombres de él, que se pasaron a la contrarrevolución a propósito. (Otros también fueron invitados e incluso financiados para que salieran. Cuba es una isla. Y si dejas que la olla coja presión puede estallar). En la Segunda Guerra Mundial esto sucedía mucho con la guerrilla. Los alemanes lo llamaban operación “Capilla Roja”. Infiltraban grupos de guerrilla en la zona de guerra del Ejército Rojo. Capturaban soldados soviéticos los entrenaban y los lanzaban dentro del grupo guerrillero. Los soviéticos también lo hicieron de otros modos. Hay miles de variantes.

En el libro se relata una anécdota sobre una emisora radial que tras el triunfo de la Revolución siguió obteniendo ingresos publicitarios de empresas que en realidad no eran sino subvenciones encubiertas del Gobierno cubano para mantener identificado un espacio de expresión disidente. ¿Cree que este tipo de prácticas financieras se siguen llevando a cabo hoy en día?

Fidel le tenía simpatía al editor, porque le había ayudado mucho antes de la revolución. Tenía un programa simpático al que la gente escribía y se quejaba de cosas, como que si faltaba un producto en una bodega o cuestiones parecidas, y él decía al final: ¡deja que se entere Fidel!No obstante, aunque esta era una emisora pequeña, la anécdota apunta a la importancia de que un gobierno esté bien informado de lo que pasa en la calle. La revolución tenía dos instituciones, excelentes, las mejores del mundo. Una era el “departamento de seguridad del estado”, la contrainteligencia cubana, que estaba diseminada por todo el país, a todos los niveles, sobre todo a través de los “comités de defensa de la revolución”, uno por cuadra, y el otro era una especie de “servicio de información del pueblo”. No sé si existe todavía. Si tú estabas en determinados sitios, en la escuela, en el trabajo y se hablaba por ejemplo de la distribución del café, del consumo en la casa, inmediatamente se procesaba y se subía. O de una opinión sobre el internacionalismo de Angola… esto se procesaba, se subía y se elevaba a las máximas instancias elaborando el resumen final. Era un servicio muy eficiente y ellos estaban muy bien informados. Lo que siempre estuvo Fidel Castro fue muy bien informado. ¿Tú has oído hablar de que pasara algo en Cuba en 55 años? En 55 años no pasó nada.

Leo una de las frases de la autobiografía: “La diferencia entre el conocimiento y la mentira, es que mientras tú apenas necesitas de un párrafo para el conocimiento, una mentira te exige de una producción mucho más voluminosa, hasta libros completos”. Desde su posición de observador de la Revolución Cubana, ¿por qué cree que se caracterizó más, por el conocimiento o la verdad, o por la mentira?

Se caracterizó por la política. La política es demagogia, mentira… es lo que tú necesites. El problema son los lugares comunes a la hora de analizar la Revolución Cubana. Es complicado decir categóricamente fue esto o fue lo otro, sin correr el riesgo de alejarse de la verdad. La revolución está hecha de compromisos, de aventuras, de sangre, hecha por hombres que se desatan en una corriente de cosas tremendas hasta el punto de que, como apunta Trotsky, se acaba subvirtiendo un país entero: costumbres, leyes, moral… Calificar esto con la óptica del pasado es erróneo. Hay que buscar una óptica muy cercana a los hechos y a su vez alejarse para poder tratar de comprenderlo. Si tú me dices que fue una tiranía, pues sí, pero también una bendición. ¿Qué sostenía ese poder? ¿Quién tenía controlado el miedo? ¿Quién controlaba a los que metían miedo? ¿A quién se tenía miedo? Resulta que no se puede hacer una hipótesis total, señalando a un solo hombre, Fidel. Había millones de personas metidas en el proceso. La revolución es un estallido, una experiencia, y encasillar eso con palabras sirve para el titular de un periódico pero para nada más. Los americanos hicieron todo lo posible por destruir la revolución. Y la verdad es que Cuba les ganó la guerra por humillante que parezca, sobre todo conociendo a cuánto asciende el presupuesto de la CIA y a cuánto asciende el de Cuba. Yo me sumé a la revolución, por mi sensibilidad de escritor y artista y porque creía que algo había que hacer. La revolución me dotó de un universo y si no hubiese sido por ella, ¿a qué podía haber aspirado? A trabajar en publicidad, a ser periodista, a hacer historietas.

En el libro se mencionan, precisamente, algunas reflexiones sobre el si condicional o hegeliano en el que se sumieron algunos personajes políticos clave del siglo XX.

Por ejemplo, lo que decía Nasser. Es un dato histórico. El imperialismo cometió dos grandes errores después de la Segunda Guerra Mundial. 1º: La creación del Estado de Israel, porque “si” no hubiese sido por la creación del Estado de Israel el propio Nasser no habría sido más que un oscuro coronel del ejército británico o egipcio destacado en la zona de Gaza. 2º: Poner a Batista en el poder, porque “si” los Estados Unidos no lo hubieran apoyado y armado, Fidel Castro no habría sido más que un oscuro senador de la república clamando por una reforma agraria que nunca se hubiera producido.

“Si le abrí las puertas al Che para que se fuera a África no fue para que me ganara una guerra anticolonianista, sino para que se lo comieran los leones”, sorprendente confesión, de ser cierta.

En primer lugar, una cosa es la propaganda y otra la conspiración. No hay que olvidarse nunca de que el comunismo es conspiración. Comunismo igual a conspiración. Cuando Raúl le dice a Fidel: “Oye, te voy a traer a un muchacho que conocimos, un argentino”. Fidel, con esa visión y esa cultura que tiene, le dijo: “Raúl, América Latina está llena de trotskistas. El único país que no tiene trotskistas es Cuba, porque el partido comunista los liquidó a todos. No metas el trotskismo en la Revolución Cubana”. Y Fidel con su manera muy particular y extraña de actuar, aceptó al Che, lo acogió y se lo puso bien pegadito y bien cerca. Y después, toda la campaña del Che en la Sierra fue de conflictos. La salida del Che hacia África, a la que solo faltó poner miguitas de pan a la CIA para que conocieran su localización, fue como un ensayo para preparar un foco guerrillero entre la frontera de Paraguay, Argentina y Bolivia. Un sueño que le hicieron creer al Che. Y allí no hay que olvidarse de que el Che acaba entregándose.

Fue capturado.

Se entregó, no lo capturaron, porque dijo: “No disparen, que yo soy ese que están buscando. Soy Ernesto Che Guevara”. El Che no podía entregarse.

¿Debería haber muerto?

Claro, cómo tú te vas a entregar. ¿Se imagina uno a Simón Bolívar con las manos en alto? Eso no pasa. Al Che no lo cogieron ni con un rasguño en el pie. “Yo soy ese que están ustedes buscando”. La CIA hizo lo imposible por salvar la vida del Che. Era muy importante tener a alguien hablando mal de Fidel Castro. Pero no lo consiguieron porque los bolivianos decidieron matarlo.

¿Quién fue entonces en su opinión el más puro de entre los principales protagonistas de la Revolución Cubana?

Buscar pureza en gente asediada por el hambre o en bandidos que eran buscavidas o en burgueses que se sumaron a la revolución es una tarea complicada, además de innecesaria. La pureza no existe, como decía el poeta Nicolás Guillén. El partido es una organización de luchadores, no de santos. Tenía un amigo, corresponsal en La Habana de Pravda, en realidad un oficial alto del KGB, que siempre me decía: yo soy del partido de cintura para arriba, de la cintura para abajo soy mío.

Pero Fidel parecía ver al Che como un peligro para la revolución porque era el único intelectual de todos los dirigentes.

El Che tiene una aureola mitificada, pero mató a las niñas y a las señoras, era un asesino despiadado. Está la imagen que se tiene de él, la de que todo revolucionario está guiado por no sé qué cosa de amor. Pero ser intelectual no significa ser puro. Como decía William Faulkner: cuánta ignominia, cuánta mierda de mis antepasados corre por la sangre de mis venas.

Sobre Sergio P. Páramo

jueves, 5 de enero de 2017

Malas noticias para Raúl

Primera señal. Tenemos un nuevo Fidel Castro.
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La foto es en la Plaza de la Revolución durante el desfile del pasado lunes 2 de enero.

sábado, 24 de diciembre de 2016

El último invierno


Las siglas “GP” tienen el significado de general purpose —para todo tipo de propósitos. Dos máquinas General Motors GP-7, de 900 caballos de fuerza —de las 37 que Cuba había adquirido en 1954—, con sus distintivos pasillos delanteros y las vistosas farolas de camino “duplex”, fueron asignadas para halar el convoy del Cuerpo de Ingenieros que arribó a Santa Clara el 24 de diciembre de 1958 bajo el nombre de Tren Blindado.

Salieron del taller Ciénaga, en La Habana, “bajo dominio” —que en lenguaje ferroviario significa a una velocidad que no comprometa la estabilidad estructural de las vías— porque hasta Almendares, donde se cruza la línea eléctrica de Guanajay con la línea sur, es un carril de 80 libras, poco aguante para un tren tan pesado. Ese es el kilómetro 9.214 de la línea sur y el 8.937 de la línea eléctrica de Guanajay. Línea sur tenía un carril de 100 libras —100 libras por yarda. De ahí se fueron por línea sur. Como conducen un tren militar a más de 80 kilómetros, se van por Navajas (estación principal de línea sur). Medina en el medio. Están trabajando con Orden de Vía que significa circular por órdenes semafóricas automáticas, todo controlado por el operador de cada estación. De Ciénaga fueron entonces a Almendares, circulación de unos 5 minutos a no más de 45-50 kilómetros, y seguimos bajo dominio, y con Orden de Vía. De Almendares al Rincón subimos un poco de velocidad, a 60 ó 70 kilómetros porque es un carril de 100 libras. Sigue por Orden de Vía hasta Bejucal. Viene Quivicán, viene San Felipe, viene Durán, viene Guara, viene Melena, viene Palenque, viene Güines, viene Río Seco, viene San Nicolás, viene Vega Bermeja, viene Unión de Reyes, viene Bolondrón, viene Güira de Macurije, viene Navajas, y salen al norte por el ramal Montalbo. En lo adelante, no bajo dominio, avanzan; tampoco a alta velocidad. Evitaron por todos los medios las interferencias. Había como siempre trenes delante y detrás y los trenes desviados a los apartaderos. Porque por ahí viene el Tren Blindado. Santa Clara está en el kilómetro 287.640, donde termina la compañía inglesa; del lado de allá comenzaba el kilómetro 0 de la compañía La Cuba. De Navajas a Jovellanos ganaron una buena velocidad, 80 kilómetros. A pesar de todas las restricciones entre Ciénaga y Almendares (un carril British Steel de 70 libras pero que ya estaba viejo, aunque ahí esté, todavía), como salieron al anochecer, pueden llegar a Santa Clara a las 02:00 AM (otras fuentes dicen que llegaron antes de la medianoche). Después de Jovellanos cogen Quintana, y de ahí a Perico, a Retamar, a Colón Agüica, a Los Arabos, a San Pedro de Mayabón, a Cascajal, a Mordazo, a Manacas, a Washington, a Santo Domingo, a La Esperanza, y por fin a Santa Clara. Es el final de la línea norte, el kilómetro 288. Una línea bien balastada, que soporta sin problemas a dos locomotoras de 120 toneladas a la cabeza.

Absorbida en la noche de la campiña cubana y el machacar del tren sobre los rieles la vieja estrofa, cantada por soldaditos, se apaga dentro de los vagones.

Si Adelita se fuera con otro,
la seguiría por tierra y por mar,
si por mar en un buque de guerra
si por tierra en un tren militar.

El comandante Ignacio Gómez Calderón, al mando de esta última fuerza organizada del ejército de Batista, recuerda a sus dos pequeñas hijas —las íntimas, desconocidas tragedias de cada hombre (dejó a Isela, la “menorcita”, con fiebre). Dentro de pocas horas —cuando en los arrabales de Santa Clara introduzca en el combate contra el Che Guevara a los 548 hombres del Cuerpo de Ingenieros (tuvieron 27 desertores) y pierda la guerra— descubrirá que esa excitación del combate es la experiencia máxima, la que de inmediato va a añorar y ya va a ser una nostalgia incorporada a sus huesos de por vida. Ahora ocupa la mente con sus hijas y en mirar hacia el interior de los vagones y en el repentino silencio de los soldados a su mando, y hay algo que no funciona en este engranaje, y adentro del tren el silencio y la oscuridad parecen ser el orden y el destino, y el comandante Gómez Calderón oye los golpes rítmicos sobre las traviesas y trata de adivinar allá a lo lejos en el fondo de la campiña qué son las luces que cree vislumbrar.

Tibio invierno de Cuba como hoy.

Esta noche la navidad.

Publicada originalmente en Hoy (Nueva York), el 24 de diciembre de 2001.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Las broncas entre Fidel y Raúl
eran de coger palco para verlas

La entrevista de Juan Jesús Aznarez en El País del 8 de abril de 2007.

Fidel Castro es una fuerza de la naturaleza que colocó a Cuba en la geopolítica mundial, fusiló y encarceló a pedido de la revolución, se desembarazó de Ernesto Guevara cuando sospechó que habría de traicionarle y no vacilaría en sacrificar a su hermano Raúl, a quien abroncó frecuentemente, si le sorprendiera en alguna deslealtad. No le importa quién vaya a sucederle. "Yo fui el único que creyó en la posibilidad del comunismo cubano", afirma el comandante en La autobiografía de Fidel Castro, de Norberto Fuentes. Lejos de enaltecer o denigrar a Castro, el autor cubano lo interpreta a partir del triunfo de su revolución, en el año 1959. "Es la biografía que él no puede escribir sobre sí mismo, no puede llegar hasta donde llego yo, con sinceridad, y con la libertad que tengo para hacerlo. Lo conozco bien. Estuve con él, porque estuve en su revolución. Si alguien le cogió el pulso, fui yo", subraya el autor, residente en Miami, que dedicó buena parte de su vida a descifrar el pensamiento de Castro.

Norberto Fuentes (La Habana, 1943) perteneció al entorno de notables del régimen, y se le atribuye haber sido su comisionado en tareas políticas y de inteligencia, hasta que en el año 1989 es detenido durante las redadas de la denominada Causa 1, que culminaron con el juicio y fusilamiento de un grupo de jefes y oficiales del Ejército y del Ministerio del Interior, acusados de corrupción y narcotráfico, entre ellos su buen amigo el coronel Antonio de la Guardia.

El escritor pudo salir de Cuba en el año 1994 gracias, entre otros factores, a la mediación del premio Nobel colombiano y amigo de Castro Gabriel García Márquez. Antes llevó a cabo una huelga de hambre y fue balsero. Fuentes evade en su libro "los lugares comunes sobre la revolución y sobre Fidel: un dictador, un asesino con las manos manchadas de sangre... Por ahí no vamos a ningún lado. Se trata de entender un fenómeno, una fuerza de la naturaleza, que existe, que está ahí, que quedará permanentemente en la historia".

Pregunta. Puede ser que su autobiografía guste a Castro, ¿no?

Respuesta. Le debe gustar en cierto sentido. Digo, si aún conserva su sentido del humor. Y no es un libro que sea peyorativo. Es una interpretación de su carácter. Es un trabajo válido desde el punto de vista literario y de ensayo; sobre todo, del ensayo. Si coges la biografía que Edmund Morris escribió sobre Reagan (Dutch. A Memoir of Ronald Reagan, 1999), el autor introduce un personaje imaginario para poder explicar algunas cosas. Eso es mucho más falso que asumir la historia verdadera y contarla desde la perspectiva de Fidel Castro porque el problema está no en lo que ha hecho, que eso lo sabe todo el mundo, sino en el porqué, en el cómo, en lo que estaba en su cabecita. Y, sobre todo, en lo que se desprende de conversaciones íntimas. De lo que él me decía, de lo que le dijo a Raúl, de lo que le contó a Aldana [Carlos Aldana, secretario ideológico del Partido Comunista de Cuba (PCC) hasta su defenestración, en 1992], de lo que contaron otros, de lo que yo oí de éstos, y de su propia actuación.

P. ¿Le ha resultado difícil abordar su pensamiento, ponerse en su pellejo?

R. Bueno, yo no tengo su inteligencia. Es un hombre muy inteligente. Yo he tenido los resultados a la mano de lo que él ha hecho, pero nunca pude prever, ni tenía la posibilidad de ver las cosas que él vio. Y él ve mucho.

P. ¿No subyace en usted cierta admiración por el personaje que recrea?

R. Si hay admiración, es la admiración que él mismo se tiene. Y además con toda razón. Él puede tenerse toda la admiración que quiera.

P. Lo ha definido inteligente, pragmático y versátil.

R. Es un hombre fundamentalmente pragmático, una virtud de casi todas las revoluciones que han sobrevivido. Es ahí donde él se funde con la idea de la revolución, con el concepto universal de la revolución: todas las revoluciones van para adelante, para atrás, para la derecha, para la izquierda... Se adaptan al medio. No hay nada más darwiniano que una revolución. Y la cubana es leninista: una revolución vale lo que sepa defenderse.

P. El inventario de virtudes ya se ha dicho. ¿Y el de vicios?

R. Tiene muchos, pero él mismo le diría: ¿por qué mirar las manchas del sol? No vamos a valorar a Fidel Castro por sus vicios, sino por sus virtudes, por lo que ha sido su obra personal como gobernante. Yo diría también que el principal defecto es su educación gansteril, y por eso resuelve algunas cosas como las resuelve. No duda en fusilar a quien la revolución necesite fusilar.

P. ¿Fueron tan acusadas las disputas entre Fidel y Raúl?

R. Las broncas fueron de coger palco para verlas. La bronca ha sido siempre entre la ortodoxia de Raúl, un ideólogo, un comunista, y la pragmática audacia de Fidel, un luchador revolucionario con una obstinación por el poder. En los años ochenta, Raúl tenía grandes discusiones con Fidel sobre la perestroika (liberalización económica) y los problemas económicos de Cuba. Raúl era, y yo creo que lo sigue siendo, partidario de la perestroika y, de alguna manera, de la glásnost (transparencia). Las broncas corresponden a las luchas intestinas dentro de las fuerzas que mueven las revoluciones. Pero como la revolución cubana tiene tendencia a ocultarlas, ganan importancia cuando son reveladas.

P. Fidel Castro dice en su obra [refiriéndose a Ernesto Guevara]: "Entre mi deliberado propósito de enviarlo a la muerte..." (en el Congo o Bolivia). Dura acusación, ¿no?

R. Sí, lo mandó a matar. Pero Fidel realmente salvó al Che porque convirtió a un traidor en potencia en un santo de la iglesia revolucionaria.

P. ¿Es cierto que el Che temió ser asesinado en Cuba?

R. Sí. Todas estas escenas del libro son rigurosamente ciertas, minuciosamente registradas, y vienen casi siempre de alguno de los personajes que están ahí sentados. En el caso de los temores del Che, lo puedo decir ahora porque la información viene de alguien que murió: Víctor Pina, un viejo comunista.

P. ¿La URSS puenteó a Fidel Castro en la crisis de los misiles?

R. Le sorprendió la retirada de los misiles. Fidel siempre estaba exigiendo a Nikita Jruschov una declaración pública de que había un pacto militar entre Cuba y la URSS para evitar lo que pasó después. Pero Nikita lo que quería era monopolizar la crisis, que es lo que hizo y le quedó muy bien.

P. Castro escribe en su testamento que deja "la intrascendencia". No parece importarle qué vaya a pasar tras su muerte.

R. A Fidel le importa un carajo quién venga después. Apostar a lo que vayan a hacer las generaciones posteriores es una estupidez, es un problema de las generaciones futuras. Lo que está diciendo es: "Yo les dejo esta papa caliente, yo he pasado cincuenta años con ella en la mano y ni me he quemado; y ustedes están vivos por la enorme habilidad con que yo he sabido manejar este negocio. Somos hoy una potencia política, Cuba cuenta en todos los foros y nadie nos puede pasar por alto".

P. ¿Y qué pasará en Cuba tras su muerte?

R. Le voy a responder como Fidel Castro: es un problema de los que vengan. Cuando las revoluciones no son derrotadas, cuando no hay una restauración contrarrevolucionaria, pasa lo que pasó en China, en la URSS o en Vietnam después de la muerte de Ho Chi Minh (1890-1969). Que son etapas que se van dejando atrás. Todo se va normalizando. El único problema de Cuba hoy día es el problema económico, y eso se resuelve con dinero y con empresas mixtas y privadas.

Nota: El primer párrafo introductorio ha sido ligeramente editado.

Sobrevivió a la noticia

Las palmeras en invierno.
Hace una semana, tras el entierro de las cenizas de Fidel Castro el diario español El País publicó un artículo, de Juan Jesús Aznarez, bajo el título de “Raúl Castro, el albacea”. La nota comienza así: “Los brotes de humor negro atribuidos a Raúl Castro (…) fueron atestiguados por el escritor Norberto Fuentes durante el paseo otoñal de 1987 por Camagüey, visitando la fábrica de fusiles de asalto Kaláshnikov. Acompañaban al entonces ministro de Defensa, su ayudante Alcibíades Hidalgo y el vicepresidente Carlos Lage. Tragos en mano, se metieron con el agua hasta la cintura en la piscina de la residencia que la policía reservaba para estas visitas, según Fuentes en su libro El último disidente. De sopetón, Raúl Castro soltó: ‘¿Ustedes se imaginan, caballeros, que pasaría en este país si a Fidel le da un infarto y a mí me da otro al recibir la noticia?”. Ante las solicitudes de muchos amigos, reproducimos aquí íntegra esa crónica que también se podrá leer en una edición de El último disidente que próximamente estará en venta en sus versiones impresa y electrónica.

El hermano menor

Le llaman “El Cuate” en el círculo más reducido de sus amigos y nada le complace más que lo reconozcan como el primer bolchevique de América. Es un título que él mismo se ha creado, entre chanzas de viejos camaradas y sus impulsos revolucionarios, probablemente para ser, al menos en esa extraña añoranza leninista, el primero por encima de su hermano, sabiendo de antemano, además, que el hermano no se va a interesar en disputárselo. Raúl Castro no es un hombre de gran estatura, ni corpulento, y ha envejecido rápidamente, y a veces las fotografías revelan un pecho abombado que le resta marcialidad. En su conjunto, no presenta la recia impronta que debe distinguir a un ministro de Defensa, aunque ocupe ese cargo desde hace 45 años y que, incluso —y este es otro de sus motivos de orgullo—, haya sido el más joven ministro de Defensa de la historia —un veinteañero cuando lo nombraron en 1959. Por aquel entonces tuvo que superarse con el largo rabo de mula que le colgaba sobre la nuca y su voz inmadura, quizá de adolescente. Hasta que decidió ponerse en manos de un implacable fígaro de la barbería militar del antiguo campamento de Columbia, que, de un tijeretazo, dio por terminado el atributo guerrillero. Ah, ¡y la voz! Ahora es una voz cavernosa y ronca, que impostó a base de arduos ejercicios y de no volver a permitirse un falsete. Ahora sabe rugir y eso es muy adecuado para un sistema de ordeno y mando. Por otro lado —cuando no lleva atuendo militar con sus charreteras de cuatro estrellas de general de Ejército—, sabe vestir sin ostentación pero con suma elegancia y prefiere las ropas de color beige, y el lujo de la única joya que se permite es el Rolex Oyster de oro. Este es, pues, el hombre de presencia ligera y dado a las bromas y a disfrutar de las largas veladas que propicia la gracia de ser un buen bebedor, muy de acuerdo a su estilo bolchevique, y al que he visto tomar decisiones de jefe de Estado, implícitas de frialdad y rapidez ejecutiva, sin que le hayan hecho temblar las manos.

Este es a su vez el hombre que todos observan por sus posibilidades de sucesor de Fidel Castro. En las últimas semanas, luego de que Fidel tuviera el traspié y se hiciera pedazos la rótula —ocho pedazos, exactamente— a Raúl se le ha ofrecido la oportunidad de ejercer el papel de Presidente de la República. Se presenta en la losa del aeropuerto para recibir dignidades, impone condecoraciones y suple en el podio los discursos habitualmente reservados para Fidel. Desde luego, esto obliga a todos los observadores de la política cubana a volver a reparar en el más pequeño Castro. Lo que preocupa es saber si tienen al hombre con la capacidad y los recursos necesarios para dirigir el país —y sobre todo para controlarlo a la muerte de Fidel. Pues me parece que tengo la más preocupante de las noticias para ellos. Más que noticia, un cuento. Una tarde del otoño de 1987, yo acompañaba a Raúl en un recorrido por la provincia de Camagüey que debía terminar en la primera fábrica cubana de producción de las prodigiosas carabinas Kalashnikov, cuando, tragos en mano, nos metimos con el agua hasta la cintura en la piscina de la residencia que la Seguridad del Estado reservaba para estas visitas. Dos o tres miembros más del séquito —recuerdo al vicepresidente Carlos Lage y a Alcibíades Hidalgo, el ayudante— también disfrutaban de aquel ocaso en provincia, cuando Raúl dijo, de sopetón: “¿Ustedes se imaginan, caballeros, que pasaría en este país si a Fidel le da un infarto y a mí me da otro al recibir la noticia?” Fue nítido el nervioso tintineo de los cubos de hielo en el vaso del vicepresidente Lage. “¿Se lo imaginan? —insistió Raúl—. ¿Se lo imaginan ustedes, caballeros?”

Bueno, yo no sé qué debimos imaginarnos aquella tarde, pero sí otra ocasión en que Alcibíades me dijo, no sin un aceptable dejo de orgullo por la resolución de su jefe, que Raúl “tenía muy claro lo que debía hacerse” en caso del fallecimiento de Fidel. Realmente, había mucho más entusiasmo y deliberación que en el lúgubre pronunciamiento de la piscina camagüeyana. “Tiene una conciencia muy clara de su actuación en ese momento”. Y perfiló —por supuesto— una inequívoca noche de cuchillos largos. Y masiva. Quiénes iban a ser incluidos en la lista de la degollina es algo que me quedó sin precisar, pero me resultaba evidente que era todo aquel que pudiese representar el más mínimo peligro para su asunción al poder, al menos en esos instantes críticos de sustituir a Fidel y su gloria.

No les quepa la menor duda, sin embargo, de que pese a estas angustias existenciales, es el hombre perfecto para el cargo. Tomen sino sus dos o tres obras maestras organizativas. Cuando el núcleo matriz de la guerrilla fidelista se fracciona en marzo de 1958, se produce un despliegue hacia al norte del valle intramontano de la región oriental bajo el mando de Raúl, donde pasa a operar permanentemente. Allí es donde él funda el Segundo Frente Oriental “Frank País”, que realmente —en medio de la guerra y para la edad que tenía— fue una proeza, aquel pequeño Estado revolucionario, ejemplar y sin duda disciplinado por el terror. Y después, al triunfo de la Revolución, se convirtió en el jefe del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, que siempre ha funcionado como un reloj. Si se toma en cuenta que había heredado un aparato militar de niveles de subdesarrollo y con armamento de la Segunda Guerra Mundial y que además había sido el ejército que los mismos guerrilleros derrotaron en un par de años y que a la vuelta de una década llegó a ser catalogado como uno de los diez primeros ejércitos del mundo y que llegó a dislocar una fuerza de combate permanente de unos 100.000 hombres apoyada con más de 500 tanques y artillería y aviación de intercepción supersónica a más de 15.000 kilómetros de distancia, en la República Popular de Angola, lo menos que se le puede conceder es que se trata de un eficiente organizador y con un buen equipo de asesores.

Pero, cuidado, todavía es el emisario. Un hombre como su hermano Fidel, que no permite siquiera que se le suministre anestesia general para mantener el control de la intervención quirúrgica en su rótula, no es fácil de poner bajo control y mucho menos de aproximarle la idea de ser sustituido. La ilusión de que está disminuido es vana y fatal para el que se lo proponga como escenario de una acción política en Cuba. En este sentido, yo ni dudo incluso de que hayan querido —quizá desde Miami, quizá desde la Casa Blanca— negociar con Raúl a espaldas de Fidel, negociar lo que contrarrevolución insiste en vender como una transición. Desde luego, esa posibilidad también está prevista, y por lo menos en lo que resulta hasta el día de hoy, el mismo Raúl ha puesto a Fidel al corriente de estas dulces tentativas de conspiración.

Fidel se ha descansado durante muchos años en la figura de Raúl porque lo ha hecho aparecer como que su hermano menor es el malo. Y es algo de lo que Raúl se queja y dice, coño, en realidad el malo es él. De modo que eso a la larga significa que, en caso de que Fidel desaparezca, Raúl no tiene una imagen que cuidar con tanto celo. Fidel sí la tiene, como se sabe, y la necesita incluso como alimento espiritual. Bueno, se trata realmente de un personaje fuera de serie. Raúl no, porque es más común. No es una descripción peyorativa. Se trata de acercarlo al común de los mortales. Pero, por eso mismo, y ya que hablamos de lo malo que pueden ser los hombres, reitero que no le va a temblar la mano para la represión. Aunque al final la época no lo ayude para una degollina ni va a contar con la intelectualidad mundial virando el rostro hacia otro lado.

Tampoco es nada nuevo toda esta historia de la transición. Porque es algo que ellos han puesto en marcha hace ya bastante tiempo. Yo recuerdo que Raúl estaba empeñado en mandarnos a Alcibíades Hidalgo y a mí a la URSS y a Polonia para que estudiáramos los procesos de la Perestroika y del ajedrez entre el gobierno de Jarulsesky y el sindicato Solidaridad. Al final solo dio tiempo para que mandara a Alcibíades a Polonia. En eso también Raúl era el leal bolchevique, es decir, también apostaba a lo que pudieran lograr los soviéticos, y recuerdo aquel cuarto piso de su oficina en la sede del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, con los retratos de todos los mariscales y generales soviéticos que habían pasado por Cuba como sus asesores.

Siempre tendremos a París

Y es melancólico, por lo menos hay espacio en su alma para estas extrañas navegaciones del ser. A principios de 1987, yo viajaba a París para cumplir el contrato de un libro y Raúl me hizo perder el vuelo un par de veces. Recuerdo con exactitud una de las fechas, el 10 de marzo. Se presentó en la puerta de mi casa, muy temprano en la mañana, miró las maletas en la sala y a la que era mi mujer, Lourdes Curbelo, con sus atuendos de viaje, y dijo: “¿Tú no crees que puedas suspender ese viaje?”. Todo lo que quería era evocar París. Había estado allí a su regreso del Cuarto Festival Mundial de las Juventudes y los Estudiantes celebrado, nada más y nada menos, que en Bucarest, en 1953. Cuatro días desandando por París. La añoranza, la nostalgia de aquellos pocos días todavía lo apresaban. Entonces comprendí el enorme sacrificio que este hombre había hecho por su hermano. Quisiera dedicarse a jugar gallo y a las juergas. Pero está obligado a mantener bajo un puño de hierro a un ejército comunista. Y no solo a soportar esa carga, sino que es la herencia que le deja el hermano. Si alguien ha estado condenado a no ser lo que quiere, es Raúl Castro. Un militar eficiente, cumplidor y depurado. En eso lo convirtieron, en un hereje de la vida bohemia y del vagabundeo. Prohibido trasnochar, hermano.

Por fin, cuando pude salir para Francia, creo que a la semana siguiente, resignado Raúl a que yo ocupara su lugar a orillas del Sena, me pidió que —a mi regreso— le llevara una caja de vinos pero baratos, de los que toman regularmente los franceses. “No se lo digas a nadie en la embajada porque entonces se quieren esmerar y se gastan una millonada con los vinos más caros. No. Yo quiero recuperar el sabor del vino de mi juventud”.

Es un hecho que Raúl podrá moverse represivamente con mucha más facilidad que Fidel porque es mucho más ideologizado, quiero decir, mucho más adscrito al comunismo. Y puede decir junto con Stalin que no está en el poder para pasar a la historia sino “para ser el perro cancerbero de las conquistas del socialismo”. Mucho menos creador que Fidel, solía decirme cuando me visitaba en mi casa y con los dos solos en mi oficina —bueno, solos absolutamente no; siempre estaban los vasos bien servidos— que a él lo que le interesaba era mover los hilos desde la oscuridad. “Mover los hilos”, me decía y me mostraba unos dedos que supuestamente movían las articulaciones de un títere. Es un conspirador y ha entendido que esa es la esencia del gobierno. Un conspirador natural, por cierto, porque sus lecturas son fatales —es un fanático de los mamotretos de Gary Jennings sobre Marco Polo (El viajero) y el conocido Azteca, que le suministraba García Márquez y luego él ordena adquirir por decenas para repartir entre sus generales, y con los que recicló su pasión por las novelitas soviéticas sobre la Guerra Civil o la Segunda Guerra Mundial—; pero nada de un nivel más sofisticado, como las constantes lecturas de Fidel sobre Roma. De cualquier manera, con más o menos tonelaje de sangre a su haber que se le achacan por indiscriminados fusilamientos, debemos aceptarle una simpática habilidad de hombre que sabe lanzar una mirada irónica sobre todo lo que le rodea. Recuerdo la ocasión en que escuchábamos una arenga de Fidel en la que apelaba a una conducta espartana y sobria de la población y el codazo con el que Raúl me subrayó su observación de que “ni te preocupes, que en el proceso cubano, la austeridad dura siempre muy poco”.

Esto último puede ser, al fin, una buena noticia. Esa cierta comprensión de Raúl por la debilidad humana habla de un hombre con el que se puede negociar. En definitiva, duro o flojo, sanguinario o no, la posibilidad de lograr la apertura sigue vinculada a la habilidad de los americanos —y de lo que quede de inteligencia en Miami— para tratar de acercársele sin emitir las señales equivocadas, sin obligarlo a que vuelva a atrincherarse. Todo depende, en verdad, de la calibración. Nunca habrá apertura desde posiciones de debilidad para los cubanos. La perspectiva de hundir en el mar la isla antes de entregarse es la única verdad de la Revolución Cubana. Denlo por seguro.

Y que Raúl sea el hombre con el que iniciemos el diálogo, depende por lo pronto, según sus propias palabras, de que sobreviva a la noticia de que el Comandante en Jefe ya no está entre nosotros.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Crónica


Ex cronista del régimen cubano afirma que Fidel Castro tuvo neumonía y decidió no tratarse.

Norberto Fuentes fue el primero en 2006 que dijo que el líder de la revolución había tenido diverticulitis.

"Neumonía. Diez días sin tratamiento. Él no quiso tratarse." Ese fue el mensaje que publicó este viernes a las 12.36 Norberto Fuentes en su blog, ex cronista oficial del régimen cubano y ex biógrafo de Fidel. En el texto no se entregan mayores antecedentes. De hecho, el mensaje está antecedido por el título: "Sujeto a conformación" (sic).

Noberto Fuentes fue el primero en 2006 que dijo que el líder de la revolución cubana había tenido diverticulitis, una enfermedad que Castro mantuvo en secreto hasta que se vio obligado a dejarle todos sus cargos a su hermano, Raúl Castro. Diez años después de eso, Fidel Castro falleció la madrugada del sábado pasado a los 90 años.